A lo largo de mi carrera como freelance y ahora con Kobalt Languages me he sentido muy afortunado con la cartera de clientes con los que he colaborado. Una de mis máximas siempre ha sido implicarme con las empresas con las que he trabajado, por lo que sus problemas también son mis problemas y sus alegrías también son las mías. Cuando la escudería para la que trabajo consigue una victoria en un Gran Premio, lo celebro como si fuera mía y también sufro cuando los coches no consiguen acabar la carrera. Del mismo modo, me alegro que los programas de TV para los que trabajo tengan buena audiencia o consigan premios, o las empresas con las que colaboro mejoren sus resultados.

Me gusta trabajar para empresas jóvenes, dinámicas y punteras. Empresas que van hacia arriba, que tienen aspiraciones y que hacen que trabajar para/con ellas sea un placer. Pero, por pura lógica, hay empresas que son justo todo lo contrario. Empresas tristes, apagadas, deprimentes, donde sus empleados no sonríen y están amargados. De esas empresas, huyo como de la peste. Para mí son como agujeros negros de energía que por mucha ilusión y ganas que le eches a todo lo que haces, siempre desaparece en ese gran agujero negro. Hace muchos años decidí no trabajar para dos clientes, por esa misma razón. Los trabajos que me pasaban estaban bien, nunca tuve problemas con los pagos, pero el ambiente que se respiraba en ellas era deprimente, de gente amargada en su puesto de trabajo. Gente que tiene un pasotismo total, tanto por el trabajo que realizan ellos mismos como por el trabajo que realizamos sus proveedores. Y como dice el gran Emilio Duró en sus charlas, de ellos hay que huir como de la peste, porque te chupan toda la energía, te arrastran hacia abajo y nunca hacia arriba.

Hoy también ha llegado el momento de prescindir de un cliente así. Hace años era una empresa muy decente y en la que se respiraba un buen ambiente. Ahora llevan un par o tres de años inmersos en la más profunda depresión y eso se ve en el ambiente, se respira cada vez que vas allí y se transmite en todos sus correos, o en la ausencia de los mismos. Entregas los trabajos y ni un simple “gracias”. Esa energía negativa se transmite y contagia a todos los que trabajamos para ellos. Hace meses que pienso que el tiempo que dedico a trabajar para ellos estaría mucho mejor invertido cuidando más a mis clientes, buscando nuevos contactos, realizando cursos o escribiendo este blog.

Y como aquel mítico vídeo que circula por internet en el cual un pobre chico explica a sus amigos que la noche anterior una chica le había dado calabazas, sin contemplaciones, dejándolo con la palabra en la boca, las empresas también tenemos que huir de aquellos clientes que realmente no nos aporten nada. Cuando los veamos aparecer por la puerta, tenemos que pensar para nuestros adentros: “contigo no, bicho” y concentrar nuestras energías en aquellos clientes para los que trabajar siempre es un placer.